Falta cada vez menos para llegar a los cuarenta.
Serán solitarios, duros, descarnados, pero serán.
Las arrugas han ido surcando mi rostro.
Aunque resulte paradójico a quien leyera cada una de mis entradas, estas arrugas han sido causadas más por risas que por lágrimas.
Y es que cuando me disfrazo de "el otro" río y sonrío con mucha frecuencia, empatizo y conecto con rapidez.
Es una de las razones por las que transmito esa imagen de buena persona que tantos problemas me causa.
Me causa, porque no me permite ser yo mismo, me obliga a ser bueno, a compartir, a ayudar.
Y el puto disfraz ahoga la voz que pide ayuda, la que diría que no es verdad que esté seguro de lo que hago, que no sé que hacer con mi vida, que dudo, que lloro, que vuelvo a dudar.
Y cada día que pasa veo que el espejo refleja más arrugas, más tristeza, más canas.
No sé qué va a ganar, si la espiral o la luz.
Mientras, en vez de estar parado y quieto, cada mañana corro y corro, ordeno mi caos, recuerdo que además del alma también duelen los músculos y articulaciones.
Lo seguiré haciendo cada vez que compruebe que ha vuelto a amanecer.
Y antes de la ducha, al afeitarme volveré a encontrarme con ellas, con las arrugas
No hay comentarios:
Publicar un comentario